Esto es la guerra
Seguramente muchos de vosotros habréis visto a lo largo de esta pretemporada como algunos de los equipos ACB se marchaban fuera de sus ciudades para prepararse o simplemente realizar actividades que rompiesen con la monotonía de los entrenamientos.
De igual modo, no es extraño ver como durante el año muchos equipos tienen jornadas lúdicas con el fin “hacer equipo” y romper con el estrés de la competición. Pues mi equipo senior, al igual que los equipos ACB, también tuvo su día de disfrute… aunque con diferencias.
Claro está que nosotros ni íbamos a ser invitados por ningún balneario o campo de golf, ni tampoco tenemos los recursos económicos para pagarnos un SPA de esos donde el chocolate ni se come ni se fuma, simplemente se unta sobre el cuerpo.
Nosotros, ante la precariedad y la crisis económica, decidimos ir a un paintball. El objetivo de esta actividad era hacer piña ya que este año hay varios nuevos que no se conocen y después de los días de carreras, las lesiones y los partidos de pretemporada quise que el último recuerdo de la pretemporada fuera bueno.
Para quien no lo sepa (si es que hay alguno) el paintball es lo que vulgarmente se dice guerra de bolas de pinturas. Mi padre dice que es una tontería eso de pagar para que te peguen disparos que realmente sí que duelen, pero lo considero una estupenda terapia antiestrés.
Para empezar la tarde, dividimos los equipos según ocupábamos los coches. En el nuestro no faltó la motivación. Rage Against The Machine, Deftones, Limp Bizkit o System of a Down son alguno de los grupos que sonaron en el Ipod motivacional del Opel Castra, vehículo oficial del equipo.
Con semejante repertorio no es de extrañar que algunos de los de mi equipo tuvieran el gatillo flojo y tras el primer juego ya estuvieran recargado munición. ¿Los juegos? pues de todo; los primeros eran una especie de invasión donde cada equipo tenía que llegar la zonal rival. Luego estaban los de ocupación que se basaban en conquistar una fortificación que era ocupada uno de los equipo. Por último el típico juego del pañuelo versión Rambo y, mi preferido, el juego de la aniquilación donde empezamos eliminando a los del equipo rival y después acabamos haciendo un todos contra todos donde siempre se termina yendo por el novio, cumpleañero o, en nuestro caso, el que menos golpes se había llevado anteriormente. Aquí es cuando el paintball se convierte en painball.
Si hablamos de golpes, lo primero que debo deciros es que sí que duelen las bolas. A pesar de que la presión del arma es baja, se lleva protección y las bolas son de plástico, un impacto duele y quizás por ello todos, además del casco o el chaleco, decidimos proteger ciertas partes donde un golpe puede ser muy doloroso.

Sobre los participantes debo decir que no me decepcionaron. Pepe, mi rastaman, cumplió y se movió por los campos de guerra con la misma rapidez que lo hace por la pista. De hecho si no llega a ser por él no hubiéramos ganado un par de juego. Luego teníamos a los pívots que eran la infantería pesada, los amigos del gatillo flojo, especialmente Gallart que iba hipermotivado y parecía el indómito Chuck Norris en desaparecido en combate. El Castro (propietario del Opel Castra) nos dejó vendido en un juego y después de que todos fuéramos acribillados por la espalda (dos días después el disparo que me dieron en el sobaco aún me dolía) nos cobramos nuestra particular venganza disparándole en el culo durante el último juego.
De los rivales no quiero hablar mucho porque son todos unos gañanazos que no tuvieron piedad de su pobre entrenador y fueron a saco a por él. No duré ni dos minutos en ser golpeado, en poco tiempo Luisi acertó en mi pistola y tiró por los aires toda mi munición, Víctor dio de pleno en mi cabeza y mano y por último Fede y Agus me rodearon vilmente en el último de los juegos. Como veis toda una banda de impresentables friáis del Counter Strike y demás juegos de gatillo fácil.
Para algún curioso, deciros que yo me porté, no hice la croqueta como alguno que se revolcó por el suelo pero tampoco me quedé quieto. Acerté con más de uno a pesar de que mis disparos van por aproximación, es decir, necesito tres o cuatro para atinar con la diana humana. Después de todo me vengué de todos y cada uno de los que me habían disparado, eso sí creo que al final me cargué el arma, porque en lugar de disparar un par de bolas, mi arma parecía una metralleta que no paraba de disparar.
Al final la jornada fue un éxito, el tiempo nos aguanto, no llovió hasta que terminamos y acabamos todos riéndonos unos de otros. Lo que resulta más curioso de estos juegos es que te ríes más cuantos más balazos recibes; cuentas cómo los has recibidos, enseñas las marcas y te acabas cagando en todo aquel que te ha disparado.
Terreno Deportivo